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La opacidad del cristal. Taller con Ruta de Autor en Caminar

El pasado mes de septiembre volvíamos a la carga con el tercer taller de Caminar, el nodo que desarrollamos dentro del ciclo Caminar, clicar, desplazar dedicado a indagar en eso que hemos llamado mediación ambulante, en conversación con otras aproximaciones en las que nos acompañan los otros nodos, mediación digital, con Desmusea y mediación desplazada, con FelipaManuela.

Retomar el ciclo después del paréntesis del verano suponía de algún modo recordar las experiencias pasadas los meses anteriores para pensar en lo que se había cosechado. En el primer taller, titulado Transitar el espacio desde el cuerpo, nos acompañó Esther Rodríguez-Barbero con una propuesta en la que nos invitaba a poner el cuerpo en el centro como herramienta para una aproximación al espacio y sus resonancias, un abrirnos a otra mirada y otras forma de sentir nuestra relación con los lugares que transitamos, que ya nos preparaba para lo que venía a sumar la siguiente propuesta, Observar desde el oído, imagen sin imagen de la mano de Sofía Montenegro. En esa ocasión, Sofía compartía su forma de acercarse al espacio a través de una práctica que toma la percepción sensorial, especialmente lo que nos llega por el oído, para adentrarnos en una forma de acercarnos al paisaje que se mueve entre el sonido, la imagen y el texto. Reescribiendo los paisajes y su memoria a través de los estímulos que reciben nuestros sentidos y jugando a habitar esa fructífera brecha entre realidad y ficción.


Con estos dos primeros talleres se conformó el primer bloque del ciclo, el cual buscaba explorar distintas formas de acercarnos al paisaje, a sus relatos y a la experimentación de tentativas para hacerlos propios y jugar con ellos, ensayar formas de tomar conciencia sobre cómo el espacio y sus narrativas nos impactan, a través de qué canales los leemos y cómo estos pueden ser una herramienta para enriquecer las prácticas de la mediación ambulante.


Con la tercera sesión del ciclo comenzaba un segundo bloque dentro del programa en el que desplazábamos el foco de esa conciencia de la complejidad del paisaje y sus estímulos, a la lectura y construcción de nuevas historias a través de la mediación ambulante. Arrancamos este bloque con el taller Tramas y subtramas urbanas, una propuesta del colectivo Ruta de Autor, formado por Aymara Arreaza y Lorena Bou, pareja artística residente en Barcelona cuyas investigaciones en torno a la historia urbana, la literatura, la dinámicas del colonialismo, la cultura visual y los relatos a pie de calle, toman forma en recorridos urbanos que se alimentan de la percepción y la experiencia que proporciona la práctica del caminar.


Para la primera sesión del taller nos dimos cita en uno de esos espacios que parecen estar al margen del entramado urbano, un gran parque, el Retiro, en cuyo corazón se encuentra el sitio en torno al que orbitaron todos nuestros movimientos. Sin duda este parque es bien conocido por quien vive en Madrid, y probablemente tenemos trazada nuestra propia cartografía del lugar, un mapeado que no es sólo físico sino también emocional. Aunque en esta ocasión Aymara y Lorena nos propusieron repensarlo desde la experiencia compartida, acompañándonos en una serie de desplazamientos que nos lo iban a descubrir de otras formas.

Nos ponemos en marcha, pero antes de emprender nuestro camino aparece una primera imagen, de las muchas que nos van a acompañar en nuestro movimiento. Dos cerbatanas, dos dardos y el lanzamiento certero de Aymara y Lorena hacia su diana, el Palacio de Cristal, lugar hacia el que nos dirigimos atravesando el parque en nuestra expedición.


Enseguida vislumbramos al fondo el Palacio, pero nos apartamos a un camino lateral para aproximarlo desde su parte de atrás, en esa trasera seguimos compartiendo las historias del espacio que cada una lleva consigo. Aymara y Lorena traen una pieza de papel alargada donde en su caminar alrededor de este lugar han ido tomando notas: ideas, impresiones, preguntas… A partir de ahí, nos proponen escribir “nuestra propia historia”de ese sitio, así vamos componiendo un relato coral a partir de las ideas que asociamos con este espacio, nociones que a menudo son contradictorias y nos sumergen en debates que evidencian la imposibilidad de que este lugar sea leído de una sola forma.

Se van sumando en el proceso nuevas capas que van de lo personal a lo colectivo, aparece entonces la historia de la arquitectura del Palacio, también la de su creación, lo que provoca el primer desplazamiento, pues era un hecho desconocido para casi todo el grupo que origen del palacio esté directamente vinculado con lo que podría ser considerado un zoo humano, la Exposición de Filipinas de 1887. Violencia colonial en estado puro, evidencia de unos sistemas de pensamiento cuyas sombras aún se proyectan en el presente, aunque parezcan invisibles.


Este desplazamiento en nuestra imagen del Palacio viene seguido de un movimiento que nos lleva a observarlo desde otra perspectiva, esta vez confrontando su fachada principal, que se nos presenta ante nuestros ojos como un paisaje de postal. Y de la mano de Aymara y Lorena se nos va desvelando cómo ese Palacio y su lago ha ido desplazando con el tiempo sus significados hasta convertir la transparencia del cristal que lo compone en un tejido opaco. Concebido en su origen también como espacio expositivo, el Palacio de Cristal albergó una exposición de Filipinas que buscó recrear el halo de "lo real", escenificando para ello una aldea completa, con sus viviendas y sus barcas, pero también con sus animales, plantas e indígenas. Todos ellos fueron recolectados y mostrados como parte de la "Historia natural" de sus territorios, ofreciendo una escena de exotismo que buscaba complacer la mirada colonial de los visitantes y afirmar su poder de dominación sobre esos otros. Este origen, que determina claramente el paisaje que vemos, es una historia que suele ser narrada como menor y que ha sido desplazada una y otra vez por otras imágenes hasta casi desaparecer.

Nos ponemos en movimiento de nuevo, en un paseo que comienza a revelarse como un bucle: bordear, tantear, aproximar. En la parada anterior hablábamos de crear una escena, un paisaje, una imagen. Al fin y al cabo hablamos del escenario de una exposición y como tal, los dispositivos de exhibición de lo que allí acontece son centrales. Nos aproximamos a ellos a través de imágenes de época: retratos de estudio que emulan un cierto ejercicio etnográfico, imágenes del paisaje exterior al modo de la postal y por fin imágenes del interior.


Hasta el momento no hemos cruzado la frontera del palacio, no hemos entrado en él, pero ahora lo hacemos a través de la imagen. Se produce así un intento de desplazamiento de un contexto social a un espacio interior donde este se codifica y se domestica, despojándolo de su complejidad. La escena doméstica es fácilmente digerible para la mirada colonizadora, pero a la vez es un ejercicio de ostentación y poder que debe objetualizar para conseguir su objetivo de exhibición, de manera que la arquitectura se convierte en vitrina y sus habitantes en imágenes mudas.

En este caminar y detenernos, en ese bucle de aproximaciones al Palacio, hemos ido habitando un tiempo rizomático en el que las imágenes del pasado y el presente se han ido superponiendo y generando un nuevo relato. En esta línea decidimos que queremos cerrar la sesión jugando con esta superposición de tiempos e imágenes y desplegando las fotografías que nos han acompañado a lo largo de la fachada del Palacio, un montaje que juega con lo expositivo para evidenciar la paradoja que nos ha acompañado en nuestro caminar, desvelar y ocultar, transparentar y opacar.

En la segunda sesión del taller, pudimos conocer en profundidad algunos de los proyectos de Ruta de Autor que se tocan directamente con la experiencia que habíamos compartido, como por ejemplo su proyecto La ciudad como exposición, que presentaron en el MACBA y donde reflexionaban sobre la relación entre el poder y la nueva visualidad, sobre cómo la mirada y las formas de expandirla, nos hablan de la necesidad de controlar el espacio a través de ella, una cuestión determinante para la configuración de gran parte del paisaje de nuestras ciudades. En cierto modo, este proyecto nos habla de esa necesidad de condensación y domesticación que viene acompañada de la proliferación de espacios que redundan en este deseo de control. El ejemplo paradigmático son los Palacios de Cristal, todos ellos orientados a tratar de llevar la naturaleza y la cultura a espacios cerrados donde puedan ser controlados.


A partir de aquí, se propone una vuelta a la experiencia de la sesión anterior. Revisitamos el papel donde se fueron condensando las anotaciones y reflexiones del grupo para poner el foco en algunas cuestiones clave, retomamos lo vivido y nos disponemos a traducirlo a imágenes con el objetivo de crear un vocabulario visual común desde el que poder afrontar un desbordamiento del Palacio de Cristal como espacio de control, una apertura a una mirada crítica que nos permita generar una contra-postal de este lugar.

El trabajo con la imagen nos permite jugar con la ficción y hacer el ejercicio contrario al propuesto el día anterior. En nuestro paseo partíamos de una supuesta transparencia del palacio para ir buceando en su historia e ir añadiendo imágenes que lo opacaban, mientras que en nuestro trabajo con la superposición de imágenes a través del collage* la suma de capas de realidad y ficción, y una aparente opacidad en su posible lectura, fue dejando paso en la puesta en común de las propuestas de los grupos a un desvelamiento de ciertas líneas que nos atravesaban y que iban dando transparencia a los posos que nos dejaba el taller.


Esta condensación de imágenes evidenció las conexiones entre pasado y presente, cómo incluso las historias que parecen totalmente borradas siguen reverberando a través de las manifestaciones culturales y de nuestras lecturas de ellas. Sin embargo, el acceso a estas lecturas pasa por saber dónde mirar y desde dónde hacerlo. En el caso del grupo, la experiencia compartida nos abrió a una nueva percepción del espacio, pero cabe preguntarse cuáles serían las posibilidades para complejizar la historia de este espacio y abrirla a una mayor diversidad de lecturas para todo aquel que se aproxime a este lugar, sin que se produzca el desplazamiento de unas imágenes en favor de otras.


Quedan muchas preguntas en el aire y una invitación a seguir interrogando la realidad, buceando en sus capas para releer y reconstruir los relatos heredados, ideas que seguimos explorando en la última sesión del ciclo que fue planteada por el colectivo de Los Bárbaros.


Fotografías de Begoña Solís y La Liminal

* Puedes ver todos los collages de esta sesión aquí.


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