¿Qué sabes sobre lo que ves y sobre lo que no ves? Taller con Esther Rodríguez-Barbero en Caminar

El pasado mes de marzo dábamos comienzo a Caminar, clicar, desplazar, un programa enmarcado dentro de Otras formas de mediar, la línea de pensamiento desarrollada desde el Área de Educación del Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía que investiga sobre la mediación como práctica de producción cultural. El programa se ofrece como un espacio de trabajo y reflexión en el que, a través de distintos encuentros, un grupo de aprendizaje explorará prácticas diversas de mediación cultural en torno a tres ejes: Caminar indaga sobre el potencial del caminar, Clicar, desarrollado por el colectivo Desmusea, se mueve por el terreno de la mediación digital, y con Desplazar se plantearán cruces y diálogos con profesionales de América Latina invitadas por la organización Felipa Manuela.

Desde La Liminal comisariamos el nodo de Caminar, en el que nos iremos sumergiendo en algunas de las dimensiones que atraviesan la práctica de lo que hemos llamado mediación ambulante, explorando lo que sucede en el cruce entre el cuerpo, el espacio, el movimiento y los relatos. Para ello contamos con la coreógrafa, performer y arquitecta Esther Rodríguez Barbero, la artista Sofía Montenegro, el colectivo Ruta de Autor y el grupo Los Bárbaros.

​En nuestro primer taller con Esther Rodríguez-Barbero hicimos un ejercicio de aproximación al espacio utilizando como instrumento de recogida de distintos tipos de información el cuerpo, pero no sólo el propio cuerpo, sino también el cuerpo colectivo que se genera al realizar una exploración espacial en conjunto.

La propuesta inicial de Esther para recorrer el museo parece invitarnos a una experiencia marcada por la introspección más absoluta, ya que la primera premisa para transitar por los espacios de lo visible y lo invisible en el museo es hacerlo en silencio y siguiendo una serie de pautas que nos convocan a buscar detalles en el espacio y que van generando distintos impactos en nuestra forma de verlo. A esto se añade una última pauta que complejiza las anteriores, pues en nuestro camino siempre debemos tener a la misma persona dentro de nuestro rango de visión, nos comprometemos a no perderla de vista y por tanto ella marcará nuestros pasos y nuestra mirada, a la vez que nuestro cuerpo estará marcando los de otra persona.


Partiendo de estas instrucciones se impone el silencio, iniciamos el movimiento y Esther desaparece, se sumerge en esta red de miradas en la que nos movemos y se funde con el espacio por el que nos propone caminar en esta experiencia. Caminamos con un movimiento extremadamente lento, una especie de vaivén que combina la escucha activa del espacio y de las personas que conforman el grupo, se trata de una experiencia tremendamente subjetiva pero al tiempo marcada por la interdependencia, una aproximación al espacio que nos invita a observar los detalles más ínfimos y banales, a activar cada sentido de nuestro cuerpo para abrirnos a otro tipo de escucha espacial.

Arrancamos nuestra exploración en los lugares invisibles del museo, ahí el grupo se encuentra a solas con el espacio y puede tomar todo el tiempo para interrogarlo, nada interrumpe este flujo, pero debemos cruzar el umbral hacia la cara habitada del museo y afrontar los cambios que nos presenta. Sin embargo, este organismo múltiple que hemos generado parece darnos el don de la invisibilidad, nada altera nuestros modos de hacer, no nos ceñimos al uso normativo que se entiende que debemos hacer de este espacio, nada nos distrae de nuestra tarea. Seguimos caminando atentas a nuestros cuerpos y al de las otras personas que conforman el grupo, atentas al espacio y a todo lo que nos está llegando de él a través de nuestros sentidos, cuando de repente al silencio compartido se suma un pacto para sumergirnos en la oscuridad, deteniéndonos en algunos lugares del museo que si bien no son transitables físicamente pueden ser proyectados a través de una imagen construída desde las palabras.

Cerrar los ojos, es un gesto que implica mucho más que la renuncia a ver, de hecho nos abre a otra mirada, nos ayuda a visualizar otras imágenes que parten de la evocación, escenas que se van dibujando mediante el relato, narrativas que invocan la memoria del espacio y nos permiten asomarnos a algunas de sus caras ocultas. La palabra va generando un espacio, estamos dentro de él y abrir los ojos es como volver a cruzar otro umbral, pero en este no somos invisibles, sino que nos miramos y nos reconocemos para seguir juntas nuestro recorrido por el museo.


En este viaje a través de lo visible y lo invisible, nos hemos afectado las unas a las otras, pero a la vez hemos tenido una vivencia subjetiva, ya que cada una ha hecho un viaje personal. El reto que se nos plantea es cómo colectivizar una experiencia que también hemos vivido juntas, cómo enriquecerla.

Es entonces cuando aparece el caminar muy de cerca, poniendo una atención clara en la presencia de los otros cuerpos, es ahí donde aparece el compartir desde el susurro, una voz que habita el límite entre lo audible y lo inaudible, la voz con la que se cuentan los secretos. Primero llega desde un lugar que no vemos, ahora quien nos susurra se compromete a colocarse fuera de nuestro campo de visión, para evocar una de las imágenes que le han asaltado por el camino y permitirnos verla a través de sus ojos. Así vamos atesorando miradas que van contaminando nuestra experiencia del espacio para después llevarlas a la máquina del rumor. Dentro de esta máquina, tú me cuentas lo que te han contado y yo contaré lo que tú me cuentas, entregándonos a un juego en el que cruzar unas historias con otras, entretejerlas, para componer una experiencia múltiple que se suma a la nuestra.

Todo ritual pasa por la repetición, así que ahora con todo lo compartido toca volver al espacio ya transitado, recorrerlo, recordarlo y cargarlo de nuevas experiencias. Volvemos al mismo lugar, pero ya no es el mismo, comprobamos que desde la memoria de lo acontecido lo hemos convertido en un lugar encantado, porque ahora lo vemos a través de toda una serie de miradas que lo han transformado.

Pero ¿cómo darle forma a esto que nos atraviesa?, ¿cómo construir desde ahí un relato bastardo de este espacio?. Debe ser un relato que podamos compartir, que pueda ser leído desde fuera y para ello debemos ceñirnos a unos códigos, buscaremos una serie de hitos o paradas esenciales que articularán el recorrido y le pondremos un título.


De manchas y despojos, El templo del Guernica, Testimonios, Fantasma… Sólo cuatro relatos entre la infinidad de relatos posibles. Historias que nacen de lo olvidado, de las manchas y huellas, de la suciedad, de las incógnitas, de interrogar la anomalía, de lo invisible frente a lo hipervisible, de la atención al mínimo detalle, de la escucha y la remezcla.


El espacio se carga de la memoria y la experiencia de aquello que hemos vivido juntxs, nuestra forma de percibirlo se transforma, pero ¿se transforma el espacio mismo?, ¿cómo traer otras miradas para hacer que el espacio cambie?, ¿cómo invocar otros espacios o lugares a este lugar?


Seguiremos explorando...

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