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Memorias de las luchas vecinales en Orcasitas

A medida que avanzaba el siglo XX Madrid fue experimentando un gran desarrollo que fue de la mano del avance de la industria, siendo significativa en ese sentido la década de los 50 por la consolidación de grandes empresas e inmensas fábricas de miles de trabajadores y trabajadoras. En esos años el crecimiento de Madrid se fue acelerando progresivamente, no sólo en el ámbito económico, también en su dimensión territorial. Y es que desde finales de los años 40 la ciudad expandía sus fronteras para convertirse en la gran capital a la que aspiraba un estado fuertemente centralista.


También Madrid crecía entonces, o más bien, necesitaba imperiosamente crecer, para dar cabida a las miles de personas que fueron llegando en distintas oleadas a la ciudad, migrantes que, en gran medida, dejaban atrás sus pueblos de origen huyendo de las dificultades y aspirando a una vida mejor en la capital.


Sin embargo, lo que trajo esa doble expansión de la industria, cargada de promesas de despegue económico, y el crecimiento territorial y demográfico, necesario para sustentar lo anterior, fue una fuerte segregación de la ciudad que reflejó inmediatamente las dos caras de la moneda del progreso. Por un lado, una cara brillante de flamantes instalaciones industriales y un centro urbano que se modernizaba y consolidaba como residencia de las clases sociales más privilegiadas. Por otro lado, la cara de una Madrid obrera, periférica, migrante, precaria, levantada desde la autoconstrucción, marcada por las carencias de los recursos más básicos y el abandono de la administración.

En este marco se inserta la historia de Orcasitas y la de tantos otros barrios de Madrid que fueron conformándose como núcleos de asentamiento obrero, compartiendo, por tanto, unas durísimas condiciones de vida. Pero esta situación, en lugar de sumir a sus habitantes en el desamparo, les llevó al despertar de una conciencia ciudadana que, entre los años 60 y 70, activó el que es uno de los movimientos sociales urbanos más importantes de las últimas décadas: el movimiento vecinal.


Desde sus movilizaciones aquellos barrios ganaron la dignidad que la administración les negaba, construyeron una identidad y un orgullo de barrio, consiguieron nuevas viviendas e incluso la remodelación del espacio público, dejando así en la ciudad una huella imborrable de sus conquistas. De esa historia nos quedan también los recortes de prensa, los testimonios de líderes barriales, los carteles y panfletos, las fotografías que nos muestran las manifestaciones, las marchas, las pancartas, los megáfonos… Todos ellos documentos con los que se compone el imaginario desde el que se escribe el relato de la lucha vecinal.

Cortesía de la Federación Regional de Asociaciones de Vecinos de Madrid


Sin duda todas esas movilizaciones fueron absolutamente imprescindibles para llegar a conseguir las reclamaciones de los vecindarios, pues su presencia disruptiva en el discurrir de la ciudad conseguía visibilizar problemáticas y ejercer la presión necesaria para ser atendidas. Pero ¿qué estaba pasando detrás de esas manifestaciones, fuera de esos momentos de excepción en el día a día abiertos desde la demanda colectiva?, ¿cómo se sostenían esos frentes de la lucha vecinal?


Con esas preguntas arrancamos Memorias de las luchas vecinales en Orcasitas, un proyecto que busca explorar el papel de los movimientos vecinales como creadores de una nueva identidad ciudadana y su impacto en la ciudad desde una perspectiva que incluya otras formas de activismo, porque ¿de qué hablamos cuando hablamos de lucha vecinal?, ¿cuáles son sus formas y cuál es el papel que juegan ahí las distintas personas de un vecindario?


Estas cuestiones nos llevaron a poner nuestra atención en el papel de las mujeres, quienes habían estado implicadas de diversas maneras en esa lucha vecinal. De hecho, resulta llamativa su numerosa presencia - en ocasiones exclusiva - en las fotografías que encontramos de manifestaciones, ya que a veces estas movilizaciones eran convocadas en horario laboral y eran las mujeres que no trabajaban formalmente las que podían estar presentes.

Pero a nosotras nos interesaba buscar su participación en los espacios de la vida cotidiana, primero por ser ese un campo de acción central para las mujeres, también por acoger unas estrategias de resistencia diaria sin las que no se podría sostener todo lo demás. Porque toda lucha tiene muchos frentes, observar esas otras acciones a menudo invisibilizadas nos permite entender la lucha vecinal desde otro lugar, y también incorporar en ese relato a personas que han estado igualmente activas pero de otras formas.


De esta manera, en colaboración con la Asociación Vecinal de Orcasitas, y gracias al apoyo de las Ayudas para la Promoción del Arte Contemporáneo del Ministerio de Cultura y Deporte, pusimos en marcha un taller que buscaba acercarse a esta historia a través de las memorias de las vecinas del barrio.

En el taller contamos con la participación de María Jesús, Concha, Casi, Paz, Flor, Paco, Clara, Ana María,aría Antonia, Isabel y Lola, algunas, las menos, nacidas en el barrio, otras provenientes de lugares como Toledo, Asturias, Extremadura o Andalucía que llegaron a Orcasitas siendo niñas o jóvenes, otras llegadas allí desde otros barrios de Madrid. De su mano nos fuimos sumergiendo en un Orcasitas que ya sólo existe en el recuerdo, pues su remodelación a finales de los años 70 fue borrando poco a poco sus huellas. Hablábamos sentadas alrededor de una mesa, en torno a un mapa de Meseta de Orcasitas y Poblado Dirigido en el que buscábamos ubicar las historias contadas, un reto para el que fue toda una suerte contar con las guías de Madrid de los años 60 que un día nos trajo Paco.

Así, desde la memoria, las fotografías y los trazados urbanos de otro tiempo, fuimos recorriendo el barrio del barro y de las chabolas, una ciudad que crecía en los márgenes de la gran ciudad, un lugar en construcción en el que faltaba la luz o el agua corriente, y en el que la autoorganización y el apoyo entre vecinas era fundamental para poder salir adelante. Con todo compusimos un recorrido urbano que buscó aterrizar y compartir lo recogido en las calles de Orcasitas.

Fotografía de Xaime Fandiño


El primer punto de nuestro paseo fue la Iglesia de Maris Stella, porque a su alrededor, en la pradera natural de Pradolongo, se fueron dando los primeros asentamientos de población de lo que se llamaría Orcasitas, haciendo referencia a la propietaria de la mayor parte de los terrenos. Allí llegaba con 6 años y desde Asturias Clara, quien recordaba los campos de garbanzos y la presencia de vacas, ovejas y pastores. Un paisaje y unas formas de vivir, entre lo rural y lo urbano, que para las vecinas de Orcasitas, en gran parte desplazadas de sus pueblos de origen, resultaba familiar y cercano. Aunque para otras como Paz, que llegó al poco de nacer, esto era siempre un motivo de sorpresa.


Que un lugar así existiera en Madrid fue posible por su ubicación en la ciudad, una zona en la periferia sur delimitada por grandes vías de comunicación que funcionan como fronteras y aíslan al barrio. A pesar de esto, su cercanía con Villaverde, un área que acoge enormes industrias, lo convirtió en un lugar de asentamiento obrero que fue creciendo con el tiempo, de forma desordenada y desde la autoconstrucción. Pero el levantamiento de chabolas fue pronto perseguido, y, como nos contaba Ana María, para poder conservarlas había que construir rápido durante la noche y llegar a cubrirlas con el techo, después las mujeres y los niños hacían guardia dentro para evitar que las tiraran. No fue este el caso de Lola, a quien unos presos encargados de este trabajo le tiraron la chabola una vez, no sin advertirla después de que fácilmente podían volver a engancharla a la pared del almacén que les servía de apoyo.

Cortesía de la Federación Regional de Asociaciones de Vecinos de Madrid


La lluvia de días previos había llenado de barro los caminos del Pradolongo, y en el recorrido nos movimos por un barro que estaba en nuestros pies y también en las historias que nos acompañaron. De hecho fue el barro lo primero que apareció en las conversaciones del taller, porque la falta de asfaltado en las calles y la calidad del terreno hicieron que estuviera permanentemente presente en el barrio. El barro definiría Orcasitas durante muchos años y marcaría fuertemente sus condiciones de vida, además de la humedad o las entradas y salidas, a veces imposibles, lo que dio lugar a que muchas mujeres, como Lola, no llegaran al hospital para dar a luz y tuvieran que hacerlo en casa ayudadas por una vecina.

Cortesía de la Federación Regional de Asociaciones de Vecinos de Madrid


Salir del barrio suponía literalmente salir del barro, e intentar hacerlo sin quedar marcada por lo que era la huella de un origen pero también un estigma. Hablamos de esto junto a la Gran Avenida, una calle principal de Meseta de Orcasitas que ha quedado como uno de los escasos vestigios urbanos de su trazado original y a la que hoy llegan numerosos autobuses que conectan Orcasitas con Madrid, como dicen las vecinas.

Desde las inmediaciones algunas mujeres salían a trabajar a otras zonas, muchas otras se quedaban, y es que los ritmos de este barrio obrero, vinculados con los de las fábricas, iban cambiando en el día, de manera que en las mañanas y parte de las tardes eran las mujeres las que lo poblaban. Durante el día había muchas labores que atender, como ir a por agua a los camiones cisterna que la traían y que después, mucho después, fueron sustituidos por las fuentes, como lavar utilizando los barreños de zinc que se usaban para todo, como ir a comprar haciendo el viaje - a veces andando - hasta Legazpi…

Cortesía de la Federación Regional de Asociaciones de Vecinos de Madrid


Además de esto muchas trabajaban, algunas, como Concha, conocida en el barrio como la modista, tenían un taller en casa, otras, como María Jesús, se sentaban a la puerta de sus casas a coser manteles que luego vendían. En el barrio también había algunas mujeres que cuidaban a los niños y niñas en sus casas, montando una suerte de guarderías, donde fueron en alguna ocasión los hijos de Clara e Isabel o las hermanas de Paz.

Fotografía de Xaime Fandiño


Nos movemos de aquí a la última parada de nuestro recorrido, la Plaza de la Asociación, donde se encuentra el último edificio que alberga la Asociación Vecinal de Orcasitas, un espacio fundamental para el barrio en el que se condensan muchas historias. Porque con el nacimiento de esta Asociación en 1970 se canalizaron unas demandas que llevaban mucho tiempo pendientes de ser atendidas y que tendrán en la lucha por la vivienda uno de sus principales frentes. Su lucha continua a lo largo de los años les llevó a conseguir la ya mítica sentencia de la Memoria Vinculante, con la que consiguieron tumbar el plan que planteaba el desplazamiento de los vecinos a otras zonas de Madrid. Después llegó todo un proceso asambleario en el que el vecindario decidió cómo iban a ser sus casas, su nuevo barrio e incluso la nomenclatura de sus calles, que a día de hoy toman nombres como la Calle de la Remodelación, la de la Participación, la Plaza de las Asambleas o la de las Promesas.


En este nuevo trazado urbano la Plaza de la Asociación se presenta como el corazón del barrio y todo un símbolo de una conquista colectiva, y desde hace un tiempo acoge también la escultura con la que se recuerda el papel que las mujeres tuvieron en esta historia desde sus luchas cotidianas, y donde Sagrario nos explica cómo se sacaba el agua de las fuentes.

A lo largo de este paseo fuimos recorriendo la historia de la transformación de un barrio, que no sólo fue física, ya que esta lucha por la dignidad hizo que con el tiempo las vecinas de Orcasitas, como nos contaba Mª Antonia, pasaran de ocultar su lugar de origen a reivindicarlo por sentir un orgullo de barrio que les llevó a permanecer en un lugar que habían hecho suyo. En este sentido, las mujeres con sus gestos cotidianos sustentaron esa posibilidad de una vida digna en el día a día, mientras se apoyaban en otras batallas.


Los cuidados, el aporte a la economía del hogar, las redes de apoyo entre vecinas que facilitaban la vida… todas esas pequeñas cosas a las que no se les da valor son una lucha constante en la que no puede haber descanso. Son pequeñas historias pero todas ellas forman parte de una historia inmensa, la de gran parte de la periferia de Madrid.


Los procesos de transformación de la ciudad desatados por los movimientos vecinales son patrimonio de la ciudad de Madrid, ya que son uno de los movimientos sociales de mayor amplitud y repercusión en el modelo de ciudad que hemos heredado, especialmente visible en los barrios de la periferia.


Recuperar las narrativas y los modos de hacer de estos movimientos se presenta como una urgencia en un presente de reto ecosistémico que nos obliga a repensar las ciudades y lo que necesitamos de ellas, así como a establecer nuevas formas de cooperación que pongan el foco en lo local y lo colectivo para poder operar una transformación de dimensión global.


Conocer este pasado, es conocer las bases sobre las que se sostiene el territorio, es poner el foco en el poder de los movimientos colectivos y es una llamada a la acción de una ciudadanía que sigue necesitada de una mayor conciencia crítica y un sentimiento de agencia con respecto a sus contextos.


Actividad realizada con la ayuda del Ministerio de Cultura y Deporte, la co-financiación de La Liminal y la colaboración de la Asociación Vecinal de Orcasitas.














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