DERIVA #8 Máquinas, amapolas y una pelota de tenis


Cuando caminamos por las calles de una ciudad atravesamos toda una serie de capas que se han ido superponiendo a lo largo del tiempo para dar forma al espacio que habitamos en el presente, estratos que han ido creciendo año tras año, década tras década, siglo tras siglo... Si pensamos la ciudad de esta forma podemos verla de repente como un gran museo, o un gigantesco archivo, o quizás como una especie de enorme yacimiento arqueológico que está plagado de restos, algunos visibles, otros latentes.


En la octava deriva del ciclo de Derivas Urbanas de Condeduque, titulada Vestigios del progreso, quisimos ponernos las gafas de arqueólogas para comenzar nuestro caminar desde una de las capas urbanas que ha sido clave para conformar el Madrid que tenemos hoy día, aquella que nos traslada a los finales del siglo XIX y principios del siglo XX, un momento en el que la Modernidad entraba en nuestra ciudad y nuestras vidas para transformar nuestros espacios cotidianos y nuestros ritmos vitales definitivamente.

Para hacer este viaje en el tiempo decidimos partir de uno de los lugares de Madrid que fue clave en ese salto histórico: el barrio de Delicias, una zona en la que la llegada de la estación de tren fue determinante para dotarla de vida y convertirla en uno de los focos de la producción industrial, espacio de acogida de fábricas de todo tipo, así como de familias obreras que llegaban de toda España buscando las oportunidades que ofrecía esta capital en expansión.


En la actualidad, la misma Estación de Delicias, es en uno de los espacios que quedan como testimonio de esta época, y no sólo por conservar su estructura original sino también porque, como Museo del Ferrocarril, atesora la historia del que es uno de los emblemas de la modernidad, el tren y todo lo que trajo consigo, la evolución del transporte, la velocidad, el progreso.

Allí comenzamos nuestro paseo dirigiéndonos a un lugar poco conocido de su entorno, la parte trasera de la estación donde se encuentran los antiguos almacenes y muelles de la que albergan en la actualidad el MUNCYT (Museo Nacional de Ciencia y Tecnología). Verdaderamente aquí tenemos la sensación de viajar en el tiempo y en el espacio, porque todavía se conservan las pequeñas construcciones de planta baja originales y paseamos por un camino de tierra, con las vías a un lado, en el que crecen amapolas y plantas silvestres y donde nos rodean todo tipo de restos de máquinas relacionadas con la actividad ferroviaria. Junto con esto, también siguen estando las instalaciones deportivas que fueron creadas para los trabajadores de Renfe y que en la actualidad son usadas por asociaciones deportivas, por lo que el sábado sus pistas de tenis bullen de actividad.

Desde ahí, y volviendo de nuevo a la ciudad del presente, nuestro paseo nos lleva por las calles de Arganzuela y a caminar entre antiguas fábricas, que ya tienen otros usos, como la del Águila o la Standard Eléctrica, y edificios de construcción reciente. Y es quizás por el contraste de tiempos que encontramos en este lugar, un cruce de siglos y usos muy dispares, entre lo industrial y lo residencial, por lo que nuestra atención se detiene especialmente en comercios que se nos muestran como testigos de unos usos, espacios, costumbres y formas de relacionarnos que han pervivido a lo largo del tiempo, como si fueran una especie de hilos conectores de distintas épocas, gentes y contextos.

Observamos la tipografía de sus rótulos, los colores de sus puertas, los dibujos de sus cristales, y el detenernos en la estética del paisaje nos lleva también a pasear nuestra mirada por la decoración de los edificios de principios del siglo XX que, en este punto de Arganzuela, por la calle Murcia, nos traen el aire de construcciones de carácter burgués con toques modernistas.

A lo largo de esta deriva nos acompañaron también conversaciones que entrelazaron nuestra experiencia de este paseo con las que habíamos tenido en otras ciudades, de manera que los paisajes de Lima, Santiago de Chile, Murcia... se fueron cruzando en nuestros pasos, y nos llevaron de viaje a otros tiempos, espacios y experiencias personales.


Cerramos así esta deriva plagada de viajes, viajes en el tiempo, en la memoria, viajes entre ciudades, una deriva que nos llevó por los estratos de la ciudad y también por las capas que con el paso de los años han ido componiendo nuestras historias de vida, ¡muchas gracias Susana por compartir este estupendo paseo con nosotras!

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