Derivas Liminales: #7 Mínimo común denominador

29/11/2018

Nuestro caminar en esta deriva comenzaba con una paradoja. Lo que atrajo nuestros pasos hasta el barrio de Argüelles fue la gran diversidad de espacios comerciales que acompañan al caminante y que sorprenden en el centro de una ciudad cada vez más homogeneizada, sin embargo el día elegido para nuestra deriva fue un domingo de puente, uno de los días fantasma por excelencia en nuestra ciudad.

 

La ausencia de actividad de la mayoría de locales comerciales que encontrábamos hizo que se convirtieran en una especie de huellas que nos hablaban de actividades que en colectivo jugábamos a imaginar. En este juego de las adivinanzas, a menudo nos sorprendieron los perfiles de los comercios en comparación con el aspecto de las viviendas. En el imaginario del grupo el barrio de Argüelles es una zona habitada por las clases medias y altas de la ciudad, pero el perfil la vida comercial de sus calles parecía apuntar a otro tipo de usuarios.

 

Estas pistas nos llevaron a pensar un poco más en qué tipo de habitantes podían poblar el barrio. Como decíamos, era un domingo fantasma y no era fácil encontrarse con vecinos del barrio, así que tuvimos que empezar a conformar una imagen del lugar compartiendo aquellos saberes que cada persona traía.

 

Algunas imaginaban, que la cercanía con el centro habría promovido la aparición masiva de apartamentos turísticos, pero si así era no parecía haber afectado al perfil comercial del barrio.

 

Pronto apareció en escena un nuevo perfil de habitantes muy definido, los estudiantes universitarios que habitan el barrio de dos maneras bien diferentes. Aquellos que viven en pisos compartidos debido a la cercanía al campus y aquellos que acuden cada fin de semana a una de las zonas de ocio nocturno tradicionales de Madrid, los bajos de Argüelles.

 

En el grupo había varias personas que habían crecido en Madrid y enseguida reconocieron este espacio como un lugar común, pero aquellos que no eran de la ciudad sintieron mucha curiosidad por ver en primera persona el espacio donde compartíamos tantas anécdotas, así que tomamos rumbo a los bajos.

 

Por el camino, seguimos encontrando paisajes que nos dejaban perplejas, como  el edifico neomudéjar coronado por una extraña bandera que no nos mantuvo intrigadas hasta que descubrimos su uso o como el gran patio del colegio que permanecía abierto al barrio para ser utilizado. Un espacio enorme, de carácter religioso y dedicado hoy a la enseñanza, una constante que pudimos observar a lo largo de nuestro camino y que se repite en muchos barrios de la ciudad.

 

La llegada a los bajos nos confrontó directamente con una arquitectura a la que quizás nunca habíamos prestado demasiada atención. Enseguida aparecieron las preguntas ¿Quién vivirá aquí? ¿Cómo les afectan las dinámicas nocturnas? ¿Por qué esta sensación de espacios de control y seguridad?

 

A varixs este conjunto de edificios nos recordó a los espacios carcelarios, convirtiéndose ante nuestros ojos en una suerte de panóptico, y de esta idea surgieron las referencias a la obra sobre cárceles imaginarias del artista Piranesi.

 

No sabemos si inicialmente la idea era tener control visual sobre los patios, pero desde luego los usos que se han ido desarrollando han hecho que éstos tengan una vida propia totalmente ajena a la de las viviendas.

 

Por distintos motivos es un espacio que genera desasosiego en el grupo, especialmente cuando transitamos sus túneles e imaginamos cómo pueden ser percibidos en la noche por distintas individualidades.

 

Decidimos continuar el camino e ir en busca del final por excelencia de las derivas, un bar para seguir con la charla acompañada de una caña.

 

Pero antes de irnos, aquello que nos atrajo a la exploración del barrio vuelve a atraparnos de tal manera que pasamos al menos 20 minutos maravillándonos con el escaparate de la droguería perfumería Álvarez, la cual nos brindaba un paisaje que nos permitía compartir memorias y ficcionarlas, así como pensar en el futuro de estas imágenes y usos.

 

 

Quizás al final lo mejor fue elegir un domingo, pues los comercios cerrados nos brindaron toda una serie de paisajes comerciales que nos incitaron a dejar volar nuestra imaginación.

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