Los tiempos de Arganzuela

03/06/2018

El festival de arte contemporáneo Se Alquila ha celebrado este primer fin de semana de junio su séptima edición volviendo a presentarnos propuestas artísticas diversas en otro espacio poco conocido de Madrid, en esta ocasión, el Centro de Interpretación de la Naturaleza y la Historia del Río Manzanares. Desde el colectivo La Liminal hemos tenido la suerte y la alegría de volver a participar en el festival ya por tercer año, y esta vez su temática, el tiempo, nos planteaba todo un reto, ¿cómo pensar en esta idea desde nuestra práctica?, o lo que es lo mismo, ¿cómo reflexionar sobre el tiempo en y desde la ciudad?

 

Nuestra propuesta tomó forma finalmente en el taller Tiempos Urbanos, desde el que buscábamos preguntarnos en colectivo, ¿cómo percibimos el tiempo en nuestro paisaje cotidiano?, ¿cómo nos marca?, ¿con qué valores asociamos las distintas temporalidades?, ¿cómo empleamos nuestro tiempo en el espacio público?

 

 

Para nuestra primera aproximación al tiempo en el entorno de Legazpi tomamos como referente la noción más estandarizada de esta idea: el tiempo entendido como una sucesión lineal de hechos que racionaliza y organiza, en base a una convención establecida, toda una serie de acontecimientos. En Legazpi la línea del tiempo quedaba señalada con hitos de la historia reciente que habían ido marcando la transformación del barrio en los últimos años, pasando de tener como núcleo la actividad comercial del Matadero y Mercado Municipal de Ganados a tener la actividad cultural y de ocio de Matadero Madrid y Madrid Río. Fue precisamente la inauguración de esto último lo que puso a Legazpi en el mapa para la mayoría de lxs participantes del taller.

 

Este tipo de tiempo era el punto de partida, pero lo que queríamos era observar cómo éste se cruza con la dimensión del espacio urbano, cómo lo organiza, cómo lo marca y determina, y esto sin duda tenía que hacerse andando. Así que nos fuimos a caminar en grupos, y lo que nos trajeron las derivas fueron reflexiones como éstas…

 

 

Lo que de primeras golpeaba de forma contundente era la presencia abrumadora del coche y su privilegio absoluto para organizar los ritmos del espacio. La ciudad está concebida como una máquina productiva, sus calles están diseñadas para que fluyan sus engranajes, y en este entramado el peatón se inserta amoldando sus movimientos a ese ritmo mecánico de espera y tránsito: peatón pulse, espere verde. Los ritmos de la máquina urbana son tan fuertes que incluso llegamos a asumirlos como propios para optimizar nuestro uso del tiempo en el espacio. La lógica del coche se nos impone, por ejemplo, a la hora de colocarnos en una escalera mecánica: sitúese a la derecha para facilitar el adelantamiento, por favor.

 

Pensar en el ritmo de los cuerpos en la ciudad nos llevó a observar los diferentes compases de la gente, gente que va al trabajo, gente que va de cañas, gente que pasea, gente que cuida de otra gente, niñxs, jóvenes, adultxs, ancianxs. Y el ritmo de estxs últimxs nos ofrecía el ejemplo de movimiento espacial más disruptivo, no hay prisa, no hay que correr para llegar cuanto antes a otro lado, ¿quizás también porque en su caso ya no hay que responder a las exigencias de producción, rapidez y eficiencia que nos impone la ciudad actual?

 

Esta reflexión nos llevaba a otro de los grandes temas: el tiempo productivo y el improductivo, y de ahí el preguntarnos, ¿podemos hoy dejar de ser productivxs?, ¿acaso no seguimos produciendo en nuestro tiempo de ocio?, ¿podemos realmente "perder el tiempo", "matar el tiempo", "hacer tiempo"?, ¿es posible cuando el uso del móvil rellena absolutamente todos nuestros “tiempos muertos”?

 

El paisaje urbano nos mostraba claramente todas estas complejidades, ofreciéndonos como espacios para estar y disfrutar el "tiempo libre" terrazas y más terrazas de bares y restaurantes. Ante esto llamaba la atención cómo comunidades migrantes confrontan esas lógicas de uso del espacio público, trayendo consigo otros tiempos marcados por otras costumbres. El tiempo y el territorio: otros ritmos, otras identidades.

 

Nos venían a partir de ahí toda una serie de ejemplos de sus apropiaciones espaciales, sacar la silla a la calle, jugar a las cartas en el banco… esto también formaba parte de nuestros modos de vida hace un tiempo, ¿por qué hemos descartado esas formas de habitar el espacio?, ¿la gentrificación de nuestros barrios ha desterrado esas prácticas?, ¿la productividad nos ha domesticado?, ¿ya no nos sentimos segurxs para usar de esta manera el espacio público?

 

 

Pero por supuesto hay plazas, hay bancos, hay ritmos de juego e intercambio, junto al asfalto y los coches hay vacíos urbanos. En Legazpi hay río, hay paseo de tierra, hay pausas espaciales que posibilitan experimentar con otras temporalidades y usos, que nos permiten imaginar otras realidades.

 

Y después de todas estas derivas por el tiempo y los tiempos de Legazpi, lo que se nos desveló es que aquel tiempo lineal, histórico, desde el que habíamos partido finalmente no nos había importando mucho, más bien nada, porque lo que nos había interesado en su lugar era atender a cómo lxs habitantes de la ciudad modulan sus vidas a través del ritmo que imprime la ciudad, es decir, nos interesaba el tiempo que nos atraviesa, y por ello nos lanzamos a pensarlo en términos humanos, sociales y políticos.

 

Al final del taller la línea del tiempo se veía obsoleta, raquítica, y nos mostraba que esa idea de tiempo que va en línea recta, siempre hacia delante, siempre como línea única, se nos quedaba pobre y escueta ante las curvas, círculos, espirales, viajes de ida y vuelta y ramificaciones múltiples que toma el tiempo cuando se aterriza en el cuerpo y se pasa por la experiencia.

 

El registro de todas estas reflexiones y paseos siguió en esta ocasión la línea de las sinfonías urbanas, creaciones audiovisuales que se componen a partir de la coreografía de la ciudad. Así que aquí va nuestra sinfonía de Arganzuela, no podíamos dejaros con un cierre mejor.

 

 

¡Mil gracias a todxs los que nos acompañasteis y a la gente estupenda que hace posible que en Madrid pasen cosas tan geniales como Se Alquila!

 

 

 

 

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